lunes, 23 de junio de 2014

El Kilo de Cadáveres

Una luz en la sombra alumbraba dos almas en pena, una lloraba, y la otra reía. El crepitar de las cenizas que alzaban las llamas enfocaban un dibujo, en la nariz de una piedra. Nadie entraba ni salía, allí donde su castigo imperaba el silencio era ley.
La ley de los que tienen y no la ley de los que trabajan día tras día, de sol a sol. Por la noche planeamos, entre todos y de forma asamblearia, programar una manifestación para el día clave en el sitio ya dicho; para por otra parte, nosotros acudir al Congreso y poner una bomba en plena sesión. Somos sólo cuatro y dos de ellos son imaginarios; el último está muerto. Ya no queremos nada, no vamos a pedir nada, no será un secuestro, sino un atentado: queremos joderles por el puto culo el día clave en el sitio ya dicho.
Aunque no lo sabían, todos los miembros de la secta ultracatólica ''Ecce Lomo'' iban a estar supervisando el momento armados con la última tecnología en tortura Wi-fi. Todo derivó en un caos: cada cuerpo humano se adaptó a usar otro tipo de partículas para vivir, y el oxígeno pasó a ser venenoso. El Gobierno desplegó las tropas más sanquinarias del ejército para acallar las múltiples protestas acerca de la privatización de medicamentos a los sectores más marginados de la población, que eran mayoría. Y nosotros éramos parte de ella.
Nos perdíamos; corríamos por las calles adoquinadas. Deslizábamos las almas en las corrientes de aire más leves. Atravesábamos los muros impuestos por la ignorancia.
Había un núcleo verde y brillante. Alguna personas lo estudiaban, no así con el núcleo azul expuesto a su lado. El silencio era frío, pero la voz era muerte.
Ipso facto despertó la rabia en el interior de los mortales. La lujuria se despertaba.


Cadáver exquisito por cortesía de Messier 57