Me hipnotizó el semitono frigio de una flauta que resultó ser un altavoz, con música grabada, y mi desilusión fue igual que la del ruido cuando se apagan las fuentes, mientras las campanadas sin fe daban las 8 y otra línea de palabras recorría de nuevo un infinito cerrado.
Nada aconteció, ni una voz, solo recuerdos transparentes en los que se reflejaba la luz proyectada en mis ropas, mi nuevo abrigo nocturno por el que me sudaba el sobaco y que terminó arrojado con los zapatos en frente, como si el cuerpo se hubiera evaporado.
¿Volveré a vestirme de ilusión?
jueves, 29 de octubre de 2020
Olhando a minha caveira
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