Maldigo la necesidad
como forma violenta de vida
en la que nos falta,
el ansia caudalosa
que no se canaliza,
el arte desbordado
convertido en un medio
y la obra artística
en un fin comercial.
Maldigo las palabras
que clasifican las miradas,
como policías de un secreto,
con la ley del no silencio
como autoridad cruel
que aprisiona la identidad
y tortura al altruismo
del enamoramiento.
Maldigo mis poemas,
aunque estén bien dichos,
los maldigo por tentar
mi consciencia realista
al plano ideal del sueño
y a la conformidad formal
de mis experiencias.
Maldigo la silla, el sofá,
la cama, quizás
hasta el cigarro de después
que me ata a matarme
en la tranquilidad
que se cree silencio,
siendo el ruido
de la necesidad.
Me maldigo,
por intentar definirme,
cuando en la oscuridad
que nos ciega ante el cambio
me intento conformar
con la poca intensidad
de mis ideas claras,
sin prender el fuego
del que han de aprender
los viejos, esa maldita
fuente seca, y
su maldita ansia acuática
que se estanca en el espacio
apestoso de su tiempo.
Maldita sea, joé.
No hay comentarios:
Publicar un comentario