Son luceros, sin duda,
intermitentes en cada noche,
durante las cuales -ciego-
arrastro mi sensibilidad táctil
por la relativa antimateria
de los destellos,
acariciando cada uno de los fotones
que me lanza tu imagen,
tu imagen
impermeable y repelente
de mentiras verbales,
tu imagen
magnética
que llena de espacio
mi volumen negativo.
Bailo a lo lolailo
por la sangre de mis pies,
mientras tu cuerpo de luz
absorbe mis movimientos torpes
entre pausas cortas:
son vacíos
de la memoria colectiva
que afirman por descartes
nuestra necesidad,
viva.
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