Cuando cae la tempestad, todos tienen miedo.
Sólo escuchan su corazón desesperado
acelerado por una resistencia que pierde,
mientras el resto del cuerpo está ausente,
a excepción de sus atentas miradas.
Al revés, un refugio insaciable
no encuentra lugar donde ser
pues algo se enfrenta a la naturaleza
y como parte de ella
no nos podemos defender.
Los rayos atraviesan las pestañas
sin dar ninguna esperanza a levantarse
entre esa peste a desastre
y ese dolor
que se recrea poco a poco
según el tacto vuelve,
tal y como amanece la curiosidad.
La sombra es corta y el viento lento
conseguimos por fin partir el fuego,
expandiendo una eternidad de multitud visible según combustiones.
Es lo que necesitamos para acelerar los cadáveres.
Una vez sublimados como nubes y transformados en arena,
han de pensar sus espectadores:
¿Qué es lo que gritan los muertos cuando forman parte del aire?
¿Acaso no escucháis el ruido que hacen?
Son la protesta del instante,
que al masticar la tierra,
escuchamos el crujir que se sabe
la melodía de la sangre
y el sonido del planeta,
la composición infalsificable del orden.
Pero ni el alboroto del silencio
puede callar este tráfico,
ni el paseo astral puede hacernos caminar de la mano,
si seguimos esposados a esta roca enorme,
a la que se le obliga a dejar de ser lo que es y será:
ese grano de arena que vuela con el viento.
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