Tienen terminantemente prohibido el amor
y miran al vacío que se esconde tras las puertas de su armario.
Esperan a un funcionario que les traiga su comida,
chucherías que les permiten soñar con las caricias.
La lenta y empalagosa saliva baja por un esófago agobiado
y -por un instante- pueden imaginar lo restringido,
para poder digerir el bulo de enamorarse
con ese amargo sabor que acabaron tolerando
al prohibirse terminantemente el amor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario