es impetuoso nuestro estar,
y buscando el cálido matiz amarillo
de la noche oscura con formas en negativo.
Niega el humano y abraza la especie,
va caminando sobre la misma arena,
en círculos,
como hacer un sonido en el vacío.
Y eso tocamos sin oírlo,
pero sabiendo que las plantas
también tienen vértebras, joder.
La grifa es una cosa que te pone ciego,
y la música que dices
es el eco del plástico,
el nuevo cristal,
como el gas, el transporte
que usas para despegar en mi cama
lo que sucede si recitas:
uno, siete, ocho
y luego lo cantas a grito pelao
como el yonki que ve el apocalipsis
en la avenida de calles llenas de paredes,
qué absurdo.
Están las antenas y los pararrayos ahí apilados,
sobre tres siluetas antropozoomorfas
que a su vez están reflejadas en las azoteas.
Hay apilados cristales y metales,
así podemos diferenciar entre la razón y el consciente.
No hay razones suficientes como para morder
los clavos que sujetan el péndulo lunar
que dirige las mareas que vienen
y van.
Es relativamente sencillo
aclamar sobre las penas,
pero la luz penetra en nuestras pupilas
y parece que sólo quiere estropear
la manera en la que la gravedad baila con el sonido.
Todo se abstrae y se vuelve de color,
los ojos absorben la vibración de tus cuerdas vocales
como si yo fuera un niño,
o algo así dice Camarón,
la infancia vuelve a ser el principio de todo.
Con Wedem.
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