Se derriten las miradas
al brillar al son de lunas
y dejan charcos de suelo
que acarician su reflejo.
Está todo iluminado
con su presencia inmensa
y minúscula,
con esa gracia mística
que tiene la percepción.
Hay que interpretar al aire
sin la presión del ojo.
Hay que saber a mundo
con toda sus carnes.
Nacen constantemente
en cada movimiento
en cada golpe
como si reclamaran a gritos
el derecho a la existencia.
Viven los colores
y sueñan los sonidos
con ser materia y toque,
a través de cuerpos amables
que huelen a libertad.
Todo es palpable, llamativo,
al interpretarlo por corazón.
Todo se mueve en lo imposible,
como si fuera un sistema solar.
Así se mece mi hamaca
entre dos respiraciones,
alegres por la tierra que les nutre,
transmitiendo ganas de regar.
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