a Ana María Prieto Arjona, la Tata Chiqui
Una cuerda ya no vibra
en el vacío que dejó su cuerpo
pero pasa a ser canción eterna
en el sonido del agua
cuando llueve
cuando fluye
cuando se evapora
cuando todos esos charlatanes callan.
Podemos escuchar la tensión
de nuestro corazón congelado
con el frío viento que brota
por el suspiro del recuerdo.
Diafragma de vida,
argumento de muerte,
las lágrimas son gotas
que quieren ir al cielo
cuando caen en la tierra.
Un silencio mojado
resuena en una caja de madera
para viajar libre por un cauce
y ser para siempre
sin el límite cruel de la carne.
Vivirá en el sentimiento del agua
que empapa la memoria
y riega los huertos.
Estará en todas las personas
que disfrutaron de su vibración.
Será la música que aún suena
en el eco de su cariño,
la melodía acuática de los soles
que hacen crecer mejor las plantas.
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