Hablaré de realidad,
o mejor dicho de realidades,
porque dicen que no hay absoluto,
que son un cúmulo de condiciones
que tergiversan el ojo
y desestabilizan
los otros sentidos
de mi cuerpo.
Hablaré de realidades,
distintas y auténticas,
únicas según el momento;
muertas en los recuerdos pero vivas
en la continua mudanza
que hago de mi piel,
eternamente consecutiva.
Hablaré de mí como realidad,
como una persona rota por el tiempo,
como memoria aparentemente sin copia
como inteligencia selectiva
que se dedica a borrar
el paso de mis huellas, quizás,
para volver a andar
por mi pasado
cuando quiero correr
por el futuro.
Hablaré de energías,
del mensaje cifrado de los astros
de las crueles consecuencias de la carne,
de la gravedad terrestre
que hace caer mis sueños de niño
hacia la planta negra y seca
de mis pies, y de esa yerba
que crece entre sus dedos.
Hablaré de tu esencia
como si la conociera de algo más
que de las transmisiones
que generan sus ondas,
como si no fuera tan obvio
que estoy totalmente atrapado
en su frecuencia.
Esta mañana -como ayer-
la realidad me pesa por dentro:
porque intenta enmudecer el deseo
porque intenta cegar el instinto
y le provoca anosmia al hambre,
porque quema las papilas gustativas
y me dice que me relaje
sin ninguna caricia de su tacto.
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