"Aún te queda por aprender"
fueron las palabras que me dijo la personificación de un pensamiento,
que no era más que figura onírica,
un disfraz de una de mis versiones; y yo desperté.
La luz de no poco antes de las diez
era imponente pero cálida,
una más que verdadera diosa
que elige su forma de radiación
para abrazarme como sábana
y ahuyentar la desidia horizontal
con la que mi cuerpo estaba intoxicado;
y yo me levanté,
para quitarme el polvo de la cara,
para desayunar en condiciones,
para comprar una garrafa de aceite de oliva
y una lengüeta para mi saxofón.
Esta mañana tocaré por todas las posibilidades del día,
por sus encuentros fortuitos y sus quedadas planificadas,
por sus obligaciones impuestas y sus sueños de playa,
e intentaré traer el mar a tu horizonte:
ambos aceleraremos el agua
y precipitaremos la locura
porque te siento en la luz de mi cama
como si casi pudiera igualar tu forma eterna,
la que tu conoces y me enseñas.
la que tu conoces y me enseñas.
El tiempo es nuestro.
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